No sé como llegué a la conclusión de que lo más urgente en la vida era llamarte a las cuatro de la mañana para discutir contigo- my dear nuwanda- las inquietudes de una mina medio loca y confusa, o sea, yo.
Gracias a que eres un insomne contestaste el celu en el momento justo. Y en el patio de la casa, sentada en el pasto, con una copa de vino blanco en la mano me dediqué a contarte cuantas estrellas veía en ese momento. Gracias a que me conoces como nadie no me cortaste el celu y dejaste que continuara mi monólogo.
Me recuerdas lo mejor de mi y cuando escucho tu voz siento que me acompaña esa pendeja de 15 que tenía demasiado espíritu, demasiada rabia, demasiados libros en la cabeza y papeles regados en su habitación. Mis paredes pintadas con ojos y animales que huían. Cuando hablo contigo me recuerdo y me reconozco.
No sé si vale la pena que te cuente como la pendeja que conociste un día huyó de su habitación, perdió las llaves de la casa y poco a poco los libros de su cabeza cayeron. Se reemplazaron por seres de carne, personajes que ni las historias más disparatadas podrían describir.
También encontré un par de amigos, unas cuantos rasguños y dos noches de llorar por causas que ya no recuerdo.
Hay tanto que debemos conversar, pero no se si estas historias valgan la pena, prefiero pensar que diras que me calle. Siempre sabes que decirme... aunque nunca te haga caso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario