
Me despierta el sonido del celular, a medias entre el sueño y la conciencia lo detengo y me incorporo en la cama. Bienvenida al nuevo ciclo me digo y mientras mis ojos se acostumbran a la luz entrometida abrazo mis rodillas y sonrío. Es un comienzo, un buen comienzo. El domingo no importó, el domingo sostuve mis dudas hasta el final, hasta que ya no conseguí la respuesta esperada, la llamada, el mail correcto. El domingo sólo detuve el reloj por gusto, por el simple gusto de detener algo.
Sin embargo, hoy, me levanto de la cama con los pies descalzos y el frío del suelo despierta todos mis sentidos. Me ordeno el cabello, abro la ventana y el cielo inunda la habitación, el sol que me envuelve, la brisa atrapa y coyhaique se ve luminoso, rara ocasión para una ciudad donde todo lo opaco, gris y lamentable se reúne. Esta es una ciudad para apostar a perder, para los desesperados que juegan sus últimas cartas. Por eso recogí las mías. Yo no estoy derrumbada, yo no vengo de retorno.
El sol y el viaje a Santiago que tengo pendiente. El sol y la conversación por teléfono que me devuelve el sentido (tú sabes, a veces puedes ser un buen amigo nuwanda) el sol y la certeza de que las cosas están donde deben estar, que existe el orden natural, el equilibrio y todo aquello que me devuelve la calma, aunque sólo sean sospechas.
Cruzo los brazos y apoyo mi cabeza en el marco de la ventana, desde aquí puedo ver las copas de los árboles a los que ataca la primavera con mil pequeños brotes, la catedral con esos colores tan melancólicos y su arquitectura pasada de moda, el camino a Aysén donde debo regresar a exorcizar mis recuerdos (tal como la última vez).
La brisa suave, voluptuosa (me encanta esa palabra), que se atreve a traspasar mi ropa y difuminar los restos del perfume que la piel guardó. Estiré los brazos, abrí las manos y dejé que el sol las bañara. Moví mis dedos sobre la brisa, los dejé jugar. Y temblando, entrecerrando los ojos a causa de la luz me quedé serena. Si miro hacia atrás me convertiré en estatua de sal. Si miro hacia atrás es para esperar que suceda algo. Y no quiero esperar nada ni a nadie.
Delicioso momento, del sueño a la vida. Un trance menos brutal para mis entrañas.
Satisfecha y luminosa cierro la ventana y observo mi habitación. Hay una mesa que regresó desde el sueño junto conmigo. Nunca te fuiste ¿verdad? Susurro despacio. Nunca me fui de esta habitación ¿verdad?.
Game Over.... recogí mis cartas, cerré mesa de apuestas y me largué de ahí mientras en la habitación los últimos apostadores revisan sus bolsillos intentando cambiar su suerte ya maldita.
Sin embargo, hoy, me levanto de la cama con los pies descalzos y el frío del suelo despierta todos mis sentidos. Me ordeno el cabello, abro la ventana y el cielo inunda la habitación, el sol que me envuelve, la brisa atrapa y coyhaique se ve luminoso, rara ocasión para una ciudad donde todo lo opaco, gris y lamentable se reúne. Esta es una ciudad para apostar a perder, para los desesperados que juegan sus últimas cartas. Por eso recogí las mías. Yo no estoy derrumbada, yo no vengo de retorno.
El sol y el viaje a Santiago que tengo pendiente. El sol y la conversación por teléfono que me devuelve el sentido (tú sabes, a veces puedes ser un buen amigo nuwanda) el sol y la certeza de que las cosas están donde deben estar, que existe el orden natural, el equilibrio y todo aquello que me devuelve la calma, aunque sólo sean sospechas.
Cruzo los brazos y apoyo mi cabeza en el marco de la ventana, desde aquí puedo ver las copas de los árboles a los que ataca la primavera con mil pequeños brotes, la catedral con esos colores tan melancólicos y su arquitectura pasada de moda, el camino a Aysén donde debo regresar a exorcizar mis recuerdos (tal como la última vez).
La brisa suave, voluptuosa (me encanta esa palabra), que se atreve a traspasar mi ropa y difuminar los restos del perfume que la piel guardó. Estiré los brazos, abrí las manos y dejé que el sol las bañara. Moví mis dedos sobre la brisa, los dejé jugar. Y temblando, entrecerrando los ojos a causa de la luz me quedé serena. Si miro hacia atrás me convertiré en estatua de sal. Si miro hacia atrás es para esperar que suceda algo. Y no quiero esperar nada ni a nadie.
Delicioso momento, del sueño a la vida. Un trance menos brutal para mis entrañas.
Satisfecha y luminosa cierro la ventana y observo mi habitación. Hay una mesa que regresó desde el sueño junto conmigo. Nunca te fuiste ¿verdad? Susurro despacio. Nunca me fui de esta habitación ¿verdad?.
Game Over.... recogí mis cartas, cerré mesa de apuestas y me largué de ahí mientras en la habitación los últimos apostadores revisan sus bolsillos intentando cambiar su suerte ya maldita.


